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Nombres que como la cultura o la lengua -el swajili- reflejan la mezcla de tradiciones africana y árabe, determinada en última instancia por su estratégico enclave. Zanzíbar está separada de tierra firme por un canal de 35 km de ancho, y ha supuesto a lo largo de la historia de punto de partida para distintas incursiones al interior de África. Famosos expedicionarios que han pasado por allí fueron Burton y Speke, Morton Stanley o David Livingston.
Tanganica y Zanzíbar se unieron en 1964 para formar el estado de
Tanzania, hoy los movimientos independentistas hacen minar esa unión. El canto rebelde que anima a Zanzíbar a
separse de Tanzania es "Bismillah will you let him go", sacada de Bohemian Rhapsody de Queen. Queen porque Freddy Mercury, es natural de Stone Town, sus fans saben que su nombre real era Farouk Bulsara. Los conflictos políticos internos en Zanzíbar también existen, si bien ahora atenuados, tras los acontecimientos violentos de las elecciones del 2000, que provocaron tantos refugiados. Hoy atrae a promotores turísticos, restauradores, hoteleros y empresarios complejos de golfísticos.
La mejor época para viajar a Zanzíbar es de junio a finales de octubre, pues la temperatura apenas supera los 25º. Tengan presentes las fuertes lluvias si viajan entre marzo y mayo y temperaturas más altas; y el Ramadán que afecta a los pequeños comercios y restaurantes, los cuales cierran durante el día. No obstante, si acuden por esas fechas, no se pierdan la fiesta de final del Ramadán, la
Eid al Fitr, en la que todo el mundo sale a la calle.
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Amanecer en una playa de Bwejuu
Beach.
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Zanzíbar se divide en dos grandes islas, Unguja y
Pemba. La primera con su urbana Stone Town, ofrece al visitante majestuosos palacios construidos con las ganancias de las plantaciones, del comercio con el marfil y los esclavos. En ellos, podemos contemplar hermosos suelos de mármol negro y blanco, pasmosas puertas labradas, salones de ensueño. Si podemos hacerlo es porque hoy, esas antiguas mansiones son museos y hoteles lujosos, como el People's Place, el Salome's Garden y la House of Wonders -el edificio más elevado de Zanzíbar-. Otra visita obligada en Unguja es la
Jozani Forest Reserve, pues permite contemplar al colobo rojo de Kirk, unos extraños monos de bigotes blancos y piel herrumbrosa, que deben su nombre a Sir John Kirk, cónsul británico en Zanzibar a finales del XIX.
Como fueron destruidos la gran mayoría de los bosques de la zona, muchos animales se han ido extinguiendo. Es digna de mención la labor que se está realizando en distintas reservas para paliar esta situación, lo que ha servido para salvar a especies como el duiquero azul.
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La mejor época para viajar a Zanzíbar
es de junio a finales de octubre.
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Los primeros en llegar a Unguja parece ser que fueron los fenicios, si bien fueron los árabes quienes dejaron impronta, cosa que puede atestiguar el visitante en un paseo por Stone Town. De población mayoritariamente musulmana, los alminares salen a cada paso, así como en el puerto pueden verse los dhows, las clásicas embarcaciones árabes de velas triangulares. Pero no sólo fueron los árabes los que pasaron por allí, los europeos, concretamente los portugueses arribaron a sus costas en el siglo XV, para convertir a Zanzíbar en un lugar de explotación tanto de marfil y especias como de esclavos.
No se extrañe si se pierde por las callejas de Stone Town, aproveche para fijarse en las puertas labradas. Quedará deslumbrado, por su trabajo orfebre de extraordinaria belleza, su simbología -que expresan el deseo de cada hogar, así el pez significa la fertilidad- y con sus tachones de latón, para evitar que los soldados a lomos de sus elefantes se aproximaran más de lo necesario. Las más modernas sin embargo son curvas por la parte superior, mientras las antiguas son cuadradas. Las del palacio de Beit el Ajaib y Beit al Sahed son las más impactantes. También merece la pena visitar Old Fort, otro edificio sobresaliente, y alguna de las plantaciones de especias que pueden visitarse. Por cierto, que les recomendamos que vayan en la época de la recolección, entre julio y octubre, pues es cuando se recogen los clavos y se extienden para su secado.
En Stone Town, como en todo Zanzíbar, puede comprobarse la mixtura de tiempos y arquitecturas, la Catedral Anglicana, por ejemplo, se erigió sobre el antiguo mercado de esclavos, y el altar mayor está ubicado en el lugar que ocupaba el poste en el que se azotaba a los esclavos.
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Vista del puerto de Stone Town.
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Al este de Unguja se encuentra Bwejuu
Beach, un pueblo de pescadores encantador, donde las mujeres todavía tejen las redes con fibra de coco. O más al norte,
Nungwi, un lugar obligatorio para los apasionados de los dhows. En los alrededores de Kizimaki, se puede nadar con delfines en cautividad, aunque si prefieren los encuentros fortuitos vayan a Pemba.
Al norte de Unguja está Pemba, llamada por los árabes Isla Verde, ya que los bosques de palmera de Alejandría, los mangos y los bananos aportan este apasionante color a la isla. Mide 65 Km de extensión y es admirada por los buceadores por sus bellísimas esponjas, corales y gorgonias; y por los arqueólogos, sobre todo Mtambwe Mkuu, o en las distintas ruinas que trufan la costa con mezquitas y tumbas. Sin olvidar la brujería, verdadero templo del saber de la magia negra; y los toros, espectáculo y arte que fue llevado por los portugueses y en la que jamás se entra a matar, pues acabada la corrida, el respetable cubre de flores al toro y de esa guisa lo pasean por sus calles.
Es muy recomendable la visita a Chake Chake y dormir más al norte en un velero en medio del Índico en Wete. Y cómo no, recorrer la
Ngezi Forest Reserve, bosque tropical que acoge una amplia variedad de animales como el zorro volador de Pemba.
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Una de las paradisíacas playas de Pemba.
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Después de Pemba hay islas más diminutas, bancos de arena más bien, y otras más considerables como Changdu, antaño isla-cárcel y Mnemba, paraíso particular para huéspedes de economías privilegiadas. Allí además se avistan delfines y ballenas jorobadas. En el oeste está la isla de Misali, en la que se cuenta que estuvo el capitán Kidd, hay muchísimas tortugas y se puede nadar entre águilas marinas, mantas raya y barracudas.
Si es la Isla de las Especias, imaginarán que su gastronomía no tiene sentido sin éstas. Comino, ajo, canela, citronela, aderezan tés, refrescos y comidas. Su variada gama frutal, con veinte tipos de mangos, plátanos, papayas, piñas... ofrece zumos de ensueño. Igualmente, destacan sus pescados y mariscos, como los kabobs de gambas, cacahuetes tostados y mazorcas de maíz o la pizza vegetariana.
Por último, las compras, -regatee pero no con los productos que ya tengan precio- los caftanes de algodón blanco, Kansas, los Kansas y quicos, que nosotros llamamos pareos, las cajitas de madera, los catalejos... son algunos de los recuerdos que puede llevarse el visitante de este idílico lugar.
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