|
La historia reciente de Le Havre va unida a la Segunda Guerra Mundial y a los bombardeos de 1944. En la primavera de 1940, el ejército
alemán ocupa Le Havre, con una guarnición de 40.000 soldados. La ciudad cambia totalmente su fisonomía, pasando a ser una una base militar. Desde aquel momento, la vida en la ciudad se hizo casi imposible, con persecuciones antisemitas, hambruna, saqueos y necesidades de todo tipo. Muchos habitantes huyeron de la ciudad. La resistencia se constituyó en pequeños grupos dispersos por la ciudad y, pasando información a los británicos al mismo tiempo que saboteaban al ejército invasor,
prepararon el desembarco aliado del 6 de junio de 1944, el famoso día "D" (en la baja Normandía, no exactamente en Le Havre).

Le Havre, en la actualidad.
El drama que cambiaría la ciudad para siempre se produjo entre el
5 y 6 de septiembre de 1944, cuando las tropas aliadas bombardearon el centro de la ciudad y el puerto, con objeto de facilitar el avance y avituallamiento de las tropas aliadas que habían desembarcado más al sur tres
meses antes. El resultado de aquellos dos días lo dice todo: 5.000 muertos, 80.000 personas sin hogar, 150 hectáreas arrasadas, 12.500 casas destruidas, así como el puerto y el estuario. Un desastre de magnitudes calamitosas dejó el centro de la ciudad como un solar, sin vida, sin construcciones, sin nada. Un lugar fantasma.
Sin embargo, la ciudad resurgiría con fuerza poco después, durante la primavera de 1945, cuando el Ministerio de la Reconstrucción y de Urbanismo, encargó el proyecto de reconstrucción del centro de la ciudad al arquitecto
Auguste Perret (1874 - 1954). Perret es, sin duda, uno de los grandes arquitectos del siglo XX quien defendía el hormigón como “la piedra que fabricamos nosotros, mucho más bella y noble que la piedra natural”. Un paseo por el centro histórico de Le Havre sirve de muestrario ideal de la obra de este genial arquitecto. Perret contó con la ayuda de otros 100
arquitectos, 20 antiguos alumnos y discípulos de la escuela del "clasicismo estructural" y 80 arquitectos de París. Le Havre es la única ciudad de Francia que fue reconstruida por un único equipo de arquitectos.
Perret creó un entramado de calles ortogonales con manzanas cuadradas de 100 metros de lado, con tres grandes ejes de circulación que unen el centro, el mar y el puerto. Vías amplias y espaciosas que relajan la vista y facilitan la circulación, espacios abiertos y sensación de enorme libertad.

Los apartamentos Perret.
Las viviendas diseñadas por Perret, los famosos “apartamentos
Perret”, son muy interesantes: luminosos, con balcones de hierro forjado, habitaciones confortables y adaptables, calefacción central por aire, colector de basura, cocina equipada (cerca de la entrada) y suelo de madera de roble. Perret quería que los cien metros cuadrados de la casa (también
diseñó apartamentos con la mitad de suelo útil) fueran un espacio para el encuentro y la unión de la familia, sin descuidar ni un solo detalle para el aprovechamiento del espacio, tanto en armarios y camas como en falsos techos. Una idea muy vanguardista para su época. Además de un diseño moderno y funcional en el mobiliario. Hoy en día se puede visitar un "appartement témoin", incluso los domingos una señora ataviada con ropa de la época, nos enseña el apartamento y nos descubre un tiempo no tan lejano.

El Appartment témoin.
Dos construcciones emblemáticas diseñadas por Perret, sobresalen sobre el resto: la
torre del Ayuntamiento, de 72 metros de alto (el edificio civil más monumental reconstruido en Francia), y la
Iglesia de Saint-Joseph, referencia espiritual de 106 metros de alto dedicada a todas las víctimas de los bombardeos. Ambas construcciones fueron las últimas grandes creaciones de Auguste Perret antes de su muerte, el 25 de febrero de 1954. Previamente había diseñado la “Puerta Océano”, una puerta monumental que cierra una de las avenidas y se abre al océano, similar a la plaza del Ayuntamiento de París.
El Ayuntamiento (Hotel de Ville) se encuentra enclavado en el centro de la ciudad y resume la obra de Perret en un único vistazo: hormigón, estructuras uniformes, luminosidad y belleza magnánima. El parque que tenemos a su alrededor es un lugar ideal para pasear entre fuentes, árboles y recuerdos. Cerca del ayuntamiento podemos visitar comercios típicos como panaderías, chocolaterías, floristerías, el Mercado Central, todos llenos de tipismo y encanto.

El Ayuntamiento.
La Iglesia de Saint-Joseph es un enclave único. Proyecto rechazado por el ayuntamiento de París, se ha convertido en la imagen más recordada de Le Havre. Las vidrieras aprovechan al máximo la luz que cae por la torre formando un mosaico de colores que nos deja sin habla. Sillas de mimbre, suelos de plástico, hormigón y madera se conjuntan de forma magnífica. Una obra maestra.

La impresionante Iglesia de Saint-Joseph.
Otros lugares que dan fé de la moderna arquitectura de Le Havre son el museo de Bellas Artes
"André Malraux" (1961), situado en el paseo marítimo frente al puerto, el primer museo de Francia reconstruido después de la guerra, y el “volcán” (1980), obra del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, una sala polivalente muy vanguardista, de sorprendente diseño.
El museo Malraux es paso obligado para los amantes del arte impresionista. Fue diseñado por los arquitectos Lagneau y Audigier, siendo renovado en 1998 por Beaudouin. Espacio luminoso y acogedor, cuenta con una colección impresionista sensacional (la segunda de Francia después de la del museo de Orsay), con obras de Boudin, Monet, Dufy, Delacroix, Renoir, Degas, Pissarro y Matisse entre otros artistas. Nadie duda que Le Havre es la cuna del impresionismo. Efectivamente, fue en esta ciudad normanda donde Monet pintó, allá por 1873, “Impresión, Sol naciente”, el lienzo que dió nombre a este movimiento pictórico, lleno de colorido y vida.
Cerca del museo y en pleno puerto nos encontramos con la “Casa del
Armador”, una de las últimas joyas de la arquitectura del siglo XVIII en Le Havre. Su particularidad está en la luminosidad que se filtra a todas las habitaciones de la casa a través de la torre central de forma octogonal. Esta casa presenta los valores estéticos y sociales de esta época. Podemos ver las habitaciones del armador, el despacho, los salones y hasta la habitación del comercio (donde se trataba la compra-venta de esclavos).
Si queremos descansar un poco, recomendamos una visita al mirador de
Sainte-Adresse, el “fin del mundo” como se llamaba anteriormente. Las vistas del estuario son sensacionales y muy relajantes: por un lado los acantilados y por el otro la montaña, junto con la luz que tantos pintores han intentado reflejar a lo largo del tiempo. También podemos ver la ciudad desde el mar, alquilando un barco que nos lleva por la costa, para conocer además el puerto de Le Havre y darnos cuenta de su importancia. Podemos ver cómo se descargan y cargan contenedores, las refinerías, los enormes petroleros… una experiencia única.

El puerto deportivo de Le Havre (derecha) y Sainte-Adresse.
Le Havre cuenta con una playa de piedras y un paseo a lo largo de la costa muy tranquilo. Las terrazas que lo bordean son en cualquier momento el refugio del guerrero. Y es que Le Havre es una ciudad ideal para vivir, con todos los encantos de una ciudad pequeña y las infraestructuras de la modernidad. Un
triángulo mágico formado el mar, el puerto y el centro histórico que Perret ideó para disfrute de todos.
|