Empezábamos pues, el Camino de Santiago en
Sarria donde compramos por 1 euro una credencial que deben llevar los peregrinos y que se tiene que ir sellando en los diferentes pueblos por los que pasas, esto es, si quieres el documento oficial que de
fe, de haber hecho el camino, llamado “Compostela”. Éramos un grupo de 50 personas que
más tarde resultaríamos todos amigos. Lo primero que nos encontramos fueron unas escaleras enormes, seguidas de una cuesta. Unos con mayor preparación que otros para caminar, pero pronto, todos emprendimos la marcha, al principio caminábamos dándonos la lluvia en la cara que resultaba agradable, pero a medida que íbamos avanzando y sudando, se echaba de menos que aun nublado el cielo quedara en calma, incluso nos hubiese gustado un poco de viento en la cara, pero seguía lloviendo y con zonas con niebla, es decir, no en las condiciones
más favorables para la marcha, pasamos por localidades como Rente, Brea, Ferreiros, As Rozas y Vilachá, pueblitos estos y aldeas con unos paisajes inigualables, donde en cada uno de ellos sellamos nuestra credencial.

Llegamos a Portomarín después de 22
km., un pueblo precioso, para llegar a él tienes que bajar por una pendiente muy pronunciada y larga , que puede ser uno de los tramos
más penosos de todo el camino, a continuación cruzas por un puente que pasa por encima del río Miño. Las vistas desde allí son maravillosas, pero ya el cansancio era manifiesto, tuvimos irremediablemente que descansar una hora, y allí estaba esperándonos
Enrique, nuestro buen guía, quien por primera vez nos infundía la suficiente moral para continuar, y/o, ayudarnos con la retirada del camino, devolviéndonos en coche al hotel, si hubiésemos tenido problemas físicos. Estando todo bien, continuamos el camino con unas subida de las no deseables y a través de
unos bosques y prados que nos hacían olvidar los esfuerzos que habíamos hecho anteriormente para llegar hasta allí, sellamos nuevamente en Gonzar, dando por terminada la etapa en
Hospital de la Cruz, para entonces habíamos caminado 12 kms.
más, donde al igual que en la anterior etapa, nos esperaba Enrique por si hubiésemos necesitado ayuda. Comimos bastante cansados y nos fuimos al hotel porque sobradamente nos habíamos ganado por ese día una buena ducha, cena y una buena “charleta” hasta la media noche con los compañeros de viaje, para que entre bromas nos entrara el sueño e irnos a dormir.

Erán las 7:00 de la mañana del siguiente día cuando sonaba el despertador, todavía arrastrábamos el cansancio del día anterior por lo que tardamos casi una hora en prepararnos todos y desayunar. El día amaneció con sol y una temperatura agradable que nos invitaba a respirar y seguir recorriendo el camino, razón por la que estábamos allí.
Enrique nos asesoró sobre esta nueva etapa, dándonos todo tipo de datos y consejos, pasamos por pueblitos como Ventas de Narón, Ligonde, Airexe, Avenostre y Palas de Rei, lugar donde nos esperaba una vez
más nuestro buen amigo, cuidando celosamente de nuestro bienestar, allí tuve mi primer altercado que me dejaría marcado
hasta terminar el camino. Sucedió cuando recibí una llamada de teléfono y que tratando de saber quien era, evitando el reflejo de la luz en la pequeña pantalla, no pude apreciar la presencia de una rama del árbol que se encontraba casi en medio del camino, dando a parar mi ojo con esta y las gafas al tiempo. Resultado, un buen moratón en el ojo para el resto del camino, y lo peor, los comentarios de los compañeros/as sobre si era o no verdad la forma de cómo me lo había hecho. Así pasamos sellando por Casanova y Leboreiro, después de haber caminado unos 21
kms, al igual que siempre nos esperaba nuestro guía, por ver en que situación se encontraba cada componente del grupo. Este día comimos nueve componentes del grupo en una
pulpería recomendada, el ambiente fue inmejorable, buena comida y mejor vino, con chistes, chascarrillos y hasta el final de la comida que impulsados por el licor de yerbas, aparecieron canciones y palmas por parte de dos de nuestros amigos sevillanos y otros cuatro de las chicas
gaditanas, todos ellos con los que el grado de amistad era más estrecho. Tuvimos la tarde libre y después de cenar, nuevamente reunión con nuestros amigos hasta irnos a dormir.

Los días siguientes nos despertaríamos antes, sabiendo que por la mañana, cuando
aún no calienta el sol, se anda de maravilla y los kilómetros pasan sin darte cuenta.
Ese día hicimos desde Leboreiro, 25 km., pasando por Furelos, Melide y Boente donde llegamos después de varias subidas y sus correspondientes bajadas, yo particularmente con un
tirón en el gemelo derecho, que lograría recuperarme a base de pomada analgésica, pero pasando por
lugares de ensueño, con riachuelos y bosques frondosos inolvidables. Pasados los 11.5 kms primeros, comenzaría el calor y camino sin sombras, todo subidas hasta Arzua, donde descansamos y comimos para continuar después con 5.5 kms
más, hasta un parador en un lugar llamado Calzada, sellando y dando la etapa por concluida. Después descanso, cena con pequeña reunión de amigos para después irnos a dormir extenuados.
Ya era sábado, penúltimo día, empezamos a caminar temprano, casi sin desayunar, había salido el sol y se iba muy bien, pasamos por un pueblo de nombre Salceda, otro Santa Irene, otro Rua y Pedroso, donde nos encontramos con un
peregrino muy peculiar en cuanto a su raro aspecto, venía desde Austria caminando desde
hacía tres meses e iba al encuentro en Santiago con un amigo suyo que caminaba desde Rusia, entre bromas, llegamos a Amenal donde comimos. Tras una larga sobremesa impuesta por la gracia y simpatía, de cuatro de nuestras compañeras de viaje (las chicas) reemprendimos la marcha con una subida hasta Cimavilla, bajada hasta bordear el aeropuerto, San Paio y por ultimo Labacolla, nuevamente ducha, cena y la ultima reunión con nuestros amigos, para mas tarde irnos, cada vez
más cansados a dormir, habíamos andado, casi 24 kms.

Era ya domingo 20 de junio y 5º día de camino, nos despertamos muy temprano, nos vestimos, bajamos a desayunar y a las 8 de la mañana ya estábamos en camino de los últimos 12 kms. que nos quedaban para llegar a Santiago sobre las 11 de la mañana, sellamos la penúltima vez nuestras credenciales en
Monte do Gozo, un sitio precioso desde donde ya se puede ver a 5 kms.
Santiago de Compostela, en lo alto, hay un monumento muy grande y alrededor hay muchas cafeterías y una pequeña iglesia, donde sellamos y dejamos escrito en un libro de visitas, nuestro parecer sobre el camino y nuestro estado de
ánimo. Pensábamos llegar a la hora de la misa del peregrino pero se nos torció la idea cuando tuvimos que esperar para retirar la compostelana, casi una hora, nos dimos todos un abrazo con las correspondientes fotos a hacer, visitando tan solo al Santo para agradecerle que nos hubiese permitido llegar andando hasta allí, y al remontar las escaleras de piedra, escuchamos una gaita sonar. Era la mejor de las bienvenidas.
Lo habíamos logrado. Nos pusimos en el medio de la plaza y admiramos, rodeados de peregrinos que llegaban como nosotros, la majestuosidad de la catedral y toda su belleza.
Más tarde, al igual que siempre, en lugar estratégico, (Monte do Gozo y Plaza del Obradoiro) nos encontramos con Enrique, con el que ya quedamos a las 3
y media en el autobús para regresar a Madrid, pudimos disfrutar de una buena comida con nuestros amigos y despedirnos, intercambiándonos nuestros teléfonos y correos.
La gente me había dicho que al hacer el Camino cambiabas. Cuando regresabas a casa todo te parecía distinto. Y es cierto. Mientras caminas, te encuentras con muchos peregrinos: en grupos, solos, en bicicleta, a caballo; pero todos te saludan cuando pasan, cuando te paras o cuando los adelantas siempre te dicen “Buen Camino”. Es el saludo oficial del Camino de Santiago. Allí todo es distinto, da igual si eres abogado, funcionario, médico, obrero; todos son peregrinos.
Todo el mundo tiene la misma meta.

Hice el Camino por curiosidad o tal vez para encontrar paz interior, y de verdad que encontré esta
última. Es una experiencia fantástica que creo que todas las personas deberían experimentar. Conocí a gente tan distinta a mí, que vive tan lejos de mí, que si no fuera por ese viaje nunca habría tenido la ocasión de hablar con ellos. Galicia siempre ha sido mágica, y la senda de las flechas amarillas ayuda a los que no son de allí a descubrirlo por ellos mismos. Aconsejo a todo aquel que necesite un respiro de su estresante vida que se plantee recorrer estos pueblos y conocer a sus gentes. Vale la pena, sin duda.
P.D.
Agradezco sinceramente, el buen hacer de la empresa CLUB AIRE LIBRE y en especial a su Director y “alma mater” de esta organización, Enrique Marabini,
por su dedicación para con todos los componentes de esta expedición, por sus planteamientos, previsiones metódicas y por, lo
más importante, su comportamiento humano. Muy agradecido por todo, Enrique.