En la Iglesia de la Vera Cruz de Segovia no hay grajos

La Iglesia de la Vera Cruz

Segovia, construida sobre un arriscado peñón calizo que supera los 1.000 metros de altitud, se recorta en el terso azul del cielo de Castilla dibujando una sugerente silueta que desde el siglo XVI, cuando lo hiciera Garci Ruiz de Castro, su primer historiador, se ha venido comparando con la de un navío pétreo que sólo parece estar esperando a que los dos ríos que confluyen a sus pies, Eresma y Clamores, inunden el valle para echarse a navegar, surcando el dilatado mar de mieses de la meseta. En las afueras de la ciudad de Segovia (a 95 Km. de Madrid) se encuentra el arrabal de San Marcos, camino al pueblo de Zamarramala. Aquí se yergue, aislada de edificaciones y sobre una ladera pedregosa y desnuda -repleta de tumbas excavadas en la piedra- una de las construcciones más singulares del románico español, la Iglesia de la Vera Cruz.

Declarada Monumento Nacional en 1919, casi 40 años después volvió a tomar posesión de ella la Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, quien se ha encargado de su conservación y cuidado hasta nuestros días.

La leyenda en Segovia de la Vera Cruz cuenta que recién inaugurada la iglesia murió un caballero de la orden y que se le dejó dentro de la iglesia durante toda la noche antes de ser enterrado. En un descuido de los demás hermanos de la orden, dejaron solo el cadáver… los grajos entraron en la Iglesia ensañándose con el cuerpo, que quedó totalmente descuartizado. Al regresar, el prior de la orden puso el grito en el cielo y espantó a las aves a la vez que las echaba una “fuerte maldición” para que no volviesen a aparecer por la Iglesia… la leyenda dice que nadie ha vuelto a ver grajos sobre el tejado de la Vera Cruz.

Leemos que es muy parecida a la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, tanto en función como en forma; esta iglesia no fue construida para ser templo parroquial ni capilla monástica: es más bien un santuario… o más concretamente, lo que se llama un “martyrium”: un templo dedicado a evocar la muerte y resurrección de Cristo.

Con emoción y respeto llegamos a la Iglesia para conocer de primera mano todo lo que nos ofrece. Al exterior, el templo es bastante sencillo a nuestra vista, excepto quizás la portada occidental con algunos capiteles relacionados con las tentaciones, el pecado y las diatribas del infierno. La entrada se realiza a través de dos puertas, al oeste y al sur. La principal es la de poniente y está protegida bajo un tejaroz con canecillos y metopas, que la homologan con el resto del románico segoviano.

La planta del Templo tiene forma de polígono de doce lados. Es curioso que en algunas guías se hable de octogonal, cuando no lo es. Nos encontramos ante un dodecágono con tres ábsides cilíndricos adosados, una sacristía también cilíndrica y una torre de planta cuadrada. Hay que decir, ciertamente, que son ocho los lados que se aprecian a la vista por estar cuatro tapados por la torre y por la cabecera triabsidal, pero la geometría del templo se corresponde a un polígono dodecagonal. Las esquinas de este polígono llevan refuerzo de estribos.

Al entrar tenemos la sensación de quedar atrapados por el embrujo de esta preciosa y original construcción; debemos fijarnos que el contorno interior del muro periférico es circular y no poligonal, el centro del templo un edículo a modo de núcleo o corazón, también alzado sobre la planta de un dodecágono con columnas en los vértices que se une a los muros exteriores mediante bóvedas de cañón reforzados con fajones radiales. Aquí se origina un interesante fenómeno acústico, por el que cualquier sonido, se reproduce con una fuerte resonancia.

Por dos escaleras se sube al piso superior que se cubre con bóveda de nervios paralelos sin juntarse en su centro, similar a la del crucero de San Millán. Este piso está abierto hacia el ábside mayor y en su centro hay una gran piedra tallada, a modo de altar, con decoración en bajorrelieve de imaginativo juego de arcos entrecruzados sobre columnas de fustes. Dicen que su origen está ligado a los caballeros Templarios, pero no hay base firme documental para afirmarlo. Lo que se comenta como más probable es que fueron sus fundadores los caballeros de la Orden del Santo Sepulcro, orden castellana que consagró la iglesia en el año 1208.

Sólo se celebra el culto en ella en bodas y demás celebraciones sociales y el día de Viernes Santo con la procesión del Cristo Yacente y el Lignum Crucis (lo que se supone que es una astilla de la verdadera cruz de Cristo), que comienza en la iglesia de Zamarramala por la carretera que hay junto a la Vera Cruz. Según nos contaron es una procesión espectacular con cánticos y antorchas donde algunos caballeros, vestidos con sus uniformes de la Orden de Malta acompañan al Cristo en una singular ceremonia.

Con la duda sobre el origen de esta construcción, lo que nos queda muy claro después de la visita es que sus ideadores, templarios o caballeros del Santo Sepulcro, quisieron crear un espacio con un fuerte influjo simbólico. Y a fe que lo consiguieron.

Iglesia de la Vera Cruz
Ctra. de Zamarramala – 40001 Segovia – Tel: 921 431 475

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