Voces y protagonistas

Emilio Bordona, presidente de ASEPROCE: «El país que más gusta no siempre es el mejor para el alumno»

Juan G. Martínez
Emilio Bordona, presidente de ASEPROCE

Pasar un curso escolar en otro país supone mucho más que estudiar en un sistema educativo diferente. Para un adolescente implica convivir durante meses con otras costumbres, desenvolverse en otro sistema educativo y asumir responsabilidades que hasta entonces podían formar parte del entorno familiar. Elegir bien el programa exige, por tanto, mirar más allá del destino o del idioma.

Emilio Bordona, presidente de ASEPROCE, analiza con Gulliveria qué deberían valorar las familias antes de tomar esa decisión, desde la madurez y autonomía del estudiante hasta el alojamiento, la adaptación cultural o las diferencias entre sistemas educativos. También aborda uno de los aspectos que conviene resolver desde el principio: la convalidación de los estudios realizados en el extranjero.

Pasar un curso escolar en otro país supone mucho más que estudiar en un sistema educativo diferente. ¿Qué cambia realmente para un adolescente cuando durante varios meses tiene que vivir y desenvolverse fuera de su entorno habitual?

El idioma es importante, por supuesto, pero muchas veces el mayor cambio tiene que ver con la madurez. Estar lejos de casa supone aprender a organizarse, tomar decisiones y relacionarse con personas que tienen costumbres diferentes.

También aprenden a asumir responsabilidades y a resolver por sí mismos situaciones cotidianas que, en su entorno habitual, muchas veces tienen resueltas. Tienen que adaptarse a otro sistema educativo, convivir con una nueva familia o en una residencia, hacer amigos y comunicarse en otro idioma. Todo ello hace que ganen seguridad y autonomía de una forma bastante natural.

Estados Unidos, Canadá, Irlanda y Reino Unido figuran entre los destinos habituales para realizar un curso escolar en el extranjero. Más allá del idioma, ¿qué diferencias importantes debería conocer una familia antes de elegir entre unos países y otros?

Cada destino tiene un sistema educativo, una cultura escolar y unos requisitos diferentes. Cambian la organización del curso, las asignaturas, los métodos de evaluación, las opciones de alojamiento o el peso que tienen las actividades deportivas y sociales dentro del centro.

También hay que valorar cuestiones como la distancia, el clima, el calendario académico, el tipo de entorno o los trámites necesarios. Incluso dentro de un mismo país puede haber diferencias según la región, el centro o el programa, por lo que conviene analizar siempre la opción concreta y no quedarse únicamente con la imagen general del destino.

¿Hasta qué punto debe pesar el destino en la decisión? ¿Es más importante escoger primero el país o analizar el perfil, la personalidad y el grado de autonomía del estudiante?

Lo primero debería ser siempre valorar al estudiante. Hay que tener en cuenta su edad, su madurez, su nivel de idioma, su situación académica, sus intereses y su capacidad para vivir lejos de casa.

A partir de ahí se puede elegir el programa, el sistema educativo y el país que mejor encajen con él. No se trata simplemente de escoger un destino atractivo, sino de encontrar una experiencia adecuada para cada joven. El país que más gusta a una familia no siempre es el que mejor responde a las necesidades del alumno.

Una de las grandes decisiones es el alojamiento. ¿Qué diferencias supone para la experiencia vivir con una familia anfitriona frente a hacerlo en una residencia o internado?

Vivir con una familia anfitriona permite conocer desde dentro la vida cotidiana del país, practicar el idioma en un entorno familiar y participar en sus costumbres. También requiere disposición para adaptarse a unas normas y dinámicas de convivencia diferentes.

Una residencia o un internado ofrecen una experiencia muy vinculada al centro educativo y una convivencia más intensa con otros estudiantes. Suelen contar también con horarios y estructuras más definidos. Ninguna opción es mejor que la otra en términos absolutos; depende de la personalidad, la madurez y las expectativas del estudiante.

La adaptación cultural puede resultar muy distinta a la experiencia que se tiene de un país durante unas vacaciones. ¿Cuáles suelen ser los principales choques culturales o dificultades durante las primeras semanas?

Las primeras dificultades suelen estar relacionadas con el idioma cotidiano, los horarios, la comida, las normas de convivencia, la forma de relacionarse o el funcionamiento del centro educativo. Incluso un estudiante con buen nivel puede sentirse cansado al tener que comunicarse continuamente en otro idioma.

También es normal echar de menos a la familia y a los amigos o sentirse desorientado ante situaciones que antes formaban parte de su rutina. Por eso es importante que el estudiante cuente desde el principio con referentes claros y canales de apoyo, tanto en el destino como en España.

¿Hay un momento especialmente delicado durante una estancia de varios meses en el extranjero, cuando desaparece la novedad inicial y comienza realmente la vida cotidiana en el destino?

No existe un momento idéntico para todos, pero sí puede aparecer una etapa más delicada cuando termina la novedad de las primeras semanas. Es entonces cuando el estudiante comprende que no está de vacaciones, sino que tiene que construir una rutina, cumplir con sus responsabilidades y encontrar su lugar en el nuevo entorno.

También pueden ser más sensibles las fechas familiares o la vuelta al centro después de un periodo de vacaciones. Contar con acompañamiento durante toda la estancia permite detectar estas dificultades y actuar antes de que una situación puntual se convierta en un problema mayor.

Para muchos jóvenes es también la primera ocasión en la que deben gestionar por sí mismos horarios, desplazamientos, dinero o relaciones personales lejos de su familia. ¿Cómo cambia normalmente su autonomía a lo largo del curso?

La autonomía se desarrolla de manera progresiva. Al principio es normal que necesiten más orientación, pero poco a poco aprenden a organizar sus horarios, gestionar sus gastos, desplazarse, tomar decisiones y resolver situaciones cotidianas por sí mismos.

También aprenden algo muy importante, que es pedir ayuda cuando la necesitan. Ser autónomo no significa tener que resolverlo todo solo, sino saber identificar un problema, buscar apoyo y tomar decisiones con mayor responsabilidad. Esa seguridad suele ser uno de los cambios más visibles al finalizar la experiencia.

Al elegir un programa no solo importa el país. ¿Qué diferencias entre sistemas educativos, asignaturas o modelos de escolarización pueden condicionar la experiencia y qué debería comprobar una familia antes de tomar la decisión?

La organización del curso, las asignaturas disponibles, los métodos de evaluación y el tipo de centro pueden variar mucho. Antes de decidir, es fundamental revisar la situación académica del alumno, comprobar qué materias deberá cursar y confirmar cómo se reconocerán en España los estudios realizados fuera.

La convalidación no debería revisarse cuando el estudiante ya está en el extranjero, sino formar parte de la elección desde el principio. Puede condicionar el centro, el curso y las asignaturas que debe escoger. También conviene comprobar que el modelo educativo se ajusta a su forma de aprender, sus intereses y sus necesidades académicas.

Convalidaciones, visados, seguros, documentación o requisitos administrativos pueden variar según el destino. ¿Cuáles son los trámites que más problemas suelen provocar cuando no se preparan con suficiente antelación?

La convalidación es uno de los aspectos que requiere más atención, especialmente por la elección de asignaturas y la documentación académica que será necesario presentar al regreso. También pueden generar dificultades los plazos de los visados, los permisos para menores, los seguros o determinados documentos exigidos por el país o el centro.

Los requisitos varían según el destino y el programa, por lo que deben revisarse de manera individual. Elegir un centro sin haber comprobado la convalidación o decidir un destino sin conocer sus requisitos puede complicar el proceso más adelante. Empezar con tiempo y contar con asesoramiento especializado ayuda a ordenar todos estos pasos.

Si una familia está ahora valorando enviar a su hijo a estudiar varios meses al extranjero, ¿qué señales pueden indicar que el estudiante está preparado para vivir esa experiencia y cuáles aconsejarían esperar?

No existe una edad perfecta para todos. Más que la edad, hay que valorar si el estudiante muestra interés real, comprende que la experiencia exigirá esfuerzo y adaptación, acepta normas y es capaz de expresar lo que necesita y pedir ayuda.

Si la decisión parte únicamente de la familia, existe un rechazo claro o el joven atraviesa una situación personal o académica especialmente delicada, puede ser preferible esperar. Para algunos estudiantes, una estancia corta o un campamento puede servir como primera experiencia antes de dar el paso hacia un trimestre, un semestre o un curso completo. Lo importante es encontrar el momento y el programa adecuados para cada joven.

Las respuestas de Emilio Bordona sitúan la elección de un curso escolar en el extranjero en un terreno mucho más amplio que el del destino o el aprendizaje de un idioma. Madurez, autonomía, sistema educativo, alojamiento y convalidación forman parte de una decisión que debe adaptarse a cada estudiante. La experiencia internacional puede favorecer una mayor independencia, pero su punto de partida, según Bordona, debe ser siempre valorar si el joven está preparado y qué programa responde realmente a sus necesidades.

Información práctica

ASEPROCE es la Asociación Española de Promotores de Cursos en el Extranjero. Más información en la web oficial de ASEPROCE.