Ferrol, ciudad del mar


Ferrol se construye en su relación con el mar. Desde el mar, pescando riqueza. Para él, con trabajo en los astilleros. También protegiéndose de las invasiones que por el llegaban. La construcción del mar no puede ser más hermosa. La arquitectura lineal y modernista, la silueta de las industrias, las inmensas playas y, sobre todo, un vivo crisol urbano que el fin de semana sale a visitar los impresionantes alrededores. David Sánchez. Gulliveria.

El primer Ferrol es el Ferrol Viejo. Aquí, donde se extiende un puerto pesquero y deportivo, había un castro marítimo, y de el queda huella en la toponimia urbana. A partir del siglo XI las rutas a Santiago trajeron hasta el puerto a buena parte de los caminantes que procedían de las Islas Británicas y del Norte de Europa, y que llegaban por mar. Era el comienzo del camino inglés. Por eso, en las proximidades del muelle estaba el hospital del Espíritu Santo, hostal para el alojamiento de peregrinos.

En la actualidad, se puede apreciar este  pasado marinero  en el barrio de pescadores: con trazado medieval, calles estrechas e irregulares y casas de galerías, ocupadas ahora por tiendas de efectos navales, viejos bares y el escaso lumpen que le queda a un puerto ido a menos.

A partir del siglo XVI, las condiciones de la protegida ría ferrolana -costas abruptas y estrechez en la boca- llaman la atención de la Corona española y de otras naciones. El rey Felipe V, el primer Borbón, decide convertir la ciudad en capital del departamento militar del Norte (1726), lugar idóneo para la situación de los  astilleros reales. Cuatro años después, sale el primer barco con el nombre de Galicia. A partir de ese momento, Ferrol se convierte en la ciudad más industrial de Galicia, en la vanguardia de la modernidad.

Las medidas para hacer de Ferrol un centro naval y militar de primer orden lo dotaron de un grandioso arsenal y de una impresionante infraestructura de diques, así como de otras instalaciones para la construcción de navíos. En su mayor parte, estas edificaciones del XVIII se siguen usando en la actualidad y pueden contemplarse en el largo paseo que va del muelle hasta la puerta de la Empresa Nacional Bazán, en paralelo al mar.

La construcción militar más importante de Ferrol es, sin duda, el castillo de San Felipe, levantado en la puerta de la ría. Este alarde de arquitectura granítica le debe su primera construcción al monarca Felipe II.

Situado en frente del de la Palma (en Mugardos), y triangulando con el desaparecido castillo de San Martiño, se controlaba desde aquí todo el tráfico de la ría. Incluso por la noche se ponía una cadena entre los castillos para bloquear el paso de embarcaciones. Con todo, el edificio que hoy conservamos es del XVIII, momento en el que fue remodelado, al igual que el de la Palma. Las obras mayores del castillo fueron acabadas, finalmente, en 1775.

Se llega al castillo tras visitar la parroquia de San Felipe y atravesar un hermoso paseo. Son caminos de garitas, construcciones para la vigilancia que combinan los modelos militares clásicos con el estilo tradicional de los canteros que las realizaron. El fabuloso edificio, recuperado para el uso público, permite asomarse a la ría, contemplar la silueta de Ferrol y casi tocar con la mano las costas de Mugardos. Por su belleza, es uno de los mejores recintos militares de su tiempo.

Además, Ferrol va con el pie cambiado, en un país que hizo himno del robusto y cerrado románico, quiso ser capital neoclásica. La mayor huella se vincula con los astilleros militares. Entre las muchas construcciones destacan  la Cortina –muralla fortificada de 500 metros que rodea por el mar las instalaciones del Ejército- y las diversas puertas que les dan entrada: la del Dique, con el escudo de Carlos III, y la muy posterior del Parque, en el interior del recinto, que se puede visitar solicitando permiso, se encuentra la hermosa Sala de Armas, actual cuartel de instrucción, con la magnífica escalinata principal decorada con barandilla. No debemos dejar de acercarnos al muy interesante  Museo Naval, a la Biblioteca de la Zona Marítima del Cantábrico y al Dique de la Campana, labor formidable del ingeniero Andrés Comerma, la más importante obra hidráulica en la Galicia do su tiempo (1879) y uno de los diques más grandes del mundo (145 metros de eslora y 12 de calado).

También de líneas limpias y paños blancos son la capilla de las Angustias, la de los Dolores, la del Socorro y la iglesia de la Orden Tercera, las numerosas fuentes que decoraron y ordenaron la ciudad, como la de San Roque, la de Churruca y la de la Fama y, sobre todo, el antiguo  Hospital de Caridad, edificio del arquitecto Sánchez Aguilera y hoy en día convertido en el Centro Torrente Ballester.

En 1761 Carlos III aprueba el plano de la Magdalena, uno de los ejemplos más singulares de la arquitectura racionalista del XVIII. La edificación de esta nueva estructura urbana corre pareja a las obras de los arsenales y del astillero real de Esteiro, que motivan un rápido crecimiento de población y determinan la creación de este barrio histórico de la ciudad, que recibirá el nombre de la Magdalena en recuerdo de una antigua capilla, hoy en día desaparecida. Sus viviendas irán destinadas a las capas más elevadas de la sociedad ferrolana: oficiales de la Marina, técnicos de la construcción naval, profesiones liberales y comerciantes.

Su emplazamiento discurre en el espacio vacío comprendido entre el antiguo núcleo pesquero de Ferrol Vello, de la época medieval, y el poblado proletario de Esteiro, edificado el siglo XVIII. Con referencia a su trazado, es un perfecto rectángulo, con seis calles largas y rectas que se cruzan con otras nueve que bajan perpendiculares. Para completar este trazado regular en cuadrícula se abren dos grandes plazas en los extremos laterales: la de Amboage y la de Armas.

A la singularidad do su trazado hay que añadir la  estética de sus viviendas. Las primeras casas, de dos y tres pisos, son la calle Magdalena, con edificios tan representativos como la actual sede del Ateneo Ferrolano, que data de 1762 y donde sobresalen los grandes balcones de hierro.

Además de estas hermosas viviendas, de diversa tipología, el barrio muestra otras construcciones que merecen también que se las visite. Destacan: La Fuente de San Roque: alberga en su pétrea fachada el escudo heráldico más antiguo de la ciudad, con el nombre de Ferrol. Iglesia de San Julián: Dedicada al patrón de la ciudad, comenzó a levantarse en 1765, bajo la dirección del ingeniero y arquitecto de Marina, Julián Sánchez Bort, que construye un magnífico monumento de la arquitectura neoclásica gallega, elevado a la categoría de Concatedral en 1959. Teatro Jofre: Una de las más importantes obras de la arquitectura teatral de España.

El Parador Nacional de Turismo: construido como un gran palacio señorial en 1960, desde sus miradores ofrece unas espléndidas panorámicas de los arsenales y de la ría. Capitanía General y Jardines de Herrera: Es la residencia oficial del Capitán General del Departamento. Frente a este palacio se encuentran los jardines de Herrera, con un hermoso paseo de magnolios y la estatua de bronce del prestigioso marino y hombre de ciencia Jorge Juan.

Entre las muchas propuestas que se pueden ofrecer al viajero y visitante que se acerca a la ciudad de Ferrol destaca el recorrido por el amplio litoral, gozando de la naturaleza, de las huellas del paseo y, sobre todo, del contacto con el mar. En este caso, basta con realizarlo para convencerse de todos sus atractivos.

Partiendo del puerto, por la mañana, se puede recorrer en coche toda la  margen norte de la ría  hasta su entrada. Después de pasar la pintoresca villa de la Graña, en el alto del monte, se puede ver una gran panorámica, para luego descender a San Felipe, donde una serie de fortalezas militares, en un alarde de arquitectura granítica, defendían la entrada marítima de Ferrol. Entre los restos de sus muros y las rocas de la ribera se puede practicar submarinismo, darse un baño en las pequeñas ensenadas esparcidas por toda la ribera o detenerse a tomar el sol en la playa de Cariño, protegida de los vientos, con arenas blancas y aguas tranquilas y transparentes.

Después del descanso, podrá retomar la marcha con dirección al cabo Prioriño, donde las aguas del mar braman con fuerza sobre sus impresionantes acantilados; desde ellos se puede lanzar la caña para pescar, mientras se contempla el paso de los cuervos marinos o de las gaviotas comunes. La hermosa panorámica se enriquece al subir al alto de Monteventoso. Desde allí, a 245 metros de altitud, la vista se recrea en la grandiosidad del horizonte, que ofrece un amplio entorno del llamado Golfo Ártabro.

Continuando por la playa, escenario del histórico desembarco de las tropas inglesas que en el año 1800 pretendían atacar Ferrol, se llega a la parroquia de San Jorge. En ella se encuentran los restos del castro marítimo de Lobadiz, protegido por uno de sus lados por los acantilados y por el mar, frente a las Islas Gabeiras, y por el otro por dos líneas de murallas con un foso en el medio. Puede datarse entre el siglo I a.C. y el siglo I d. C.

Antes de continuar el paseo hacia la playa de San Jorge, conviene detenerse para el descanso o para comer en su pinar, que ofrece una fresca sombra. Recuperadas las fuerzas, la fina arena de la playa invita a caminar o bien dirigirse a los arenales de Esmelle y el Vilar, en Covas. En esta parroquia, una visita obligada es al cabo Prior, que se adentra en el Atlántico en la punta más septentrional de la costa ferrolana. Su faro es guía de los navegantes y un mirador privilegiado.

Siguiendo por la costa, se encuentran las playas de Ponzos, con restos de antiguas explotaciones mineras, que algunos estudiosos sitúan en la época de la presencia romana, y la de Santa Comba, en la que se localiza una pequeña isla donde se alza una ermita.
El viajero puede dar por finalizada esta larga jornada por las playas del entorno tomando la carretera que lo conduce seguramente cansado y satisfecho del  intenso viaje  realizado.

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Nuestro agradecimiento al Excmo. Ayuntamiento de Ferrol