Marrakech, la Ciudad de los Cuatro Colores


Cuatro colores conforman el paisaje de Marrakech: el rojo de las construcciones y de la tierra, el verde de la multitud de palmeras, vegetación y huertos, el azul del cielo ligeramente ocre de la arena del desierto y el blanco de la nieve de la cima del Atlas. David Sánchez Pérez. Gulliveria

Situada entre el Atlántico y el Mediterráneo, Marrakech que cuenta con más de un millón de habitantes, se encuentra en una vasta llanura a los pies del Alto Atlas, en la llanura de Haouz, a orillas de un afluente del río Tensift. La ciudad fue construida en el interior de un gran palmeral. Si bien sus orígenes son inciertos, los historiadores apuntan a que la fecha de su fundación como capital imperial fue 1071 por Abu Bekr, el gran jefe almorávide. No obstante, fue su sucesor Yusef Ben Tachfin quien expandió el imperio desde el Atlántico hasta Argelia y desde el Sáhara al Ebro, dotándole de sumo esplendor. Posteriormente, la conquista almohade provocó que las construcciones originales fueran derruidas, dando paso a las que aún hoy pueden contemplarse.

Tesoros por descubrir. Como es el caso de uno de los monumentos más conocidos de la ciudad, la llamada hermana gemela de la Giralda de Sevilla, el Alminar de la Koutoubia, de planta cuadrada y elegante decoración en cerámica verde y blanca en la parte superior. También son monumentos de visita obligada la Menara Ben Yussef -edificio de asombrosa belleza-, la Menara -jardines de ensueño con árboles frutales y olivos, un hermoso lago y un edificio de tejado piramidal verde- , el Museo de Dar Si Said, el Jardín del Agdal, las Tumbas de los Saadianos -deslumbrante mausoleo- y los Palacios Badi y de la Bahía. Los visitantes suelen incluir en su recorrido la Mamounia, uno de los hoteles más lujosos del mundo. Un edificio austero en su exterior, pero en consonancia con la cosmovisión árabe, un universo de lujo y fascinación en el interior, que mucho recuerda a los palacios de las dinastías árabes. El hotel puede visitarse, aunque no se esté allí hospedado.

Marrakech, la Ciudad de los Cuatro Colores

Marrakech, la Ciudad de los Cuatro Colores

Pero quien quiera conocer Marrakech, debe perderse en la Plaza de Jemaa el Fna. Declarada por la UNESCO patrimonio oral de la humanidad, seduce a intelectuales y artistas como Juan Goytisolo -que tanto ha luchado para que se mantenga intacta la plaza-, y al que es frecuente ver en las terrazas que rodean la plaza, deleitándose con el té verde o el whisky marroquí.

¿Qué es lo que tiene la Plaza que no deja indiferente a quien la conoce? Imaginen encantadores de serpientes, cuentacuentos, malabaristas, domadores de monos, aguadores, escribientes, mujeres tatuadoras de henna, mendigos de chilaba y babuchas, vendedores de hierbas, etc. En suma, portadores de sueños, en una atmósfera de Mil y una Noches. Por las tardes, en la plaza afloran pequeños restaurantes donde degustar la popular gastronomía del lugar: sopa de legumbres, pinchos morunos, pollo con curry, cabezas de cordero, pescado frito…

Alrededor de la plaza, como en todas las medinas: el zoco. En el laberinto de callejas angostas cubiertos por cañizo, los vendedores ofrecen, especias, perfumes, frutos secos, infusiones, cuero, cerámica… con el consiguiente regateo de rigor. Aconsejamos que para disfrutar más de la visita, se recorran de la mano de un guía.

El Alminar de la Koutoubia, de planta cuadrada y elegante decoración

El Alminar de la Koutoubia, de planta cuadrada y elegante decoración

Marrakech es una ciudad orientada al turismo, como tal está dotada de todo tipo de infraestructuras, desde hoteles de lujo, hasta campings y albergues juveniles. Igual sucede con la oferta hostelera, se puede degustar la más refinada cocina francesa, italiana o internacional, así como la marroquí repleta de sabores y olores- con espectáculos fascinantes. Asimismo, después disfrutar de estupendas salas de fiestas, casinos, discotecas…

Finalmente, desde Marrakech, también pueden hacer atractivas excursiones a los Palmerales, las rutas del Alto Atlas, pueblos como Tameslouht, Amizmiz o Asni y la estación de esquí de Ouikameden y el Valle del Ourika. Si estamos en Marruecos no debemos dejar pasar la oportunidad de degustar los principales platos típicos de la zona.

Couscous: es un plato cuyas recetas varían según la región, las estaciones y la propia inspiración del cocinero. Está basado en sémola y puede ser combinado con huevos, pollo, cordero o verduras, siendo un clásico como plato principal marroquí.

Méchoui: cordero entero, asado lentamente a las brasas.

Tajine: guiso de carne o de pescado, con verduras, que se sirve en el mismo recipiente en el que se prepara y que le da su nombre.

Kefta: brochetas de carne picada o albóndigas.

Pastilla: finas capas de hojaldre rellenas de carne de pichón con especias, azucarada y perfumada a la canela.

Touajen: estofado, de buen sabor y olor, para el que se utiliza cordero en escabeche o pollo.

Hout es una versión, con pescado, del mismo estofado.

Djaja mahamara es pollo estofado con almendras, sémola y pasas.

Kab-el-ghzal: pasta con almendras.

En Marrakech cuenta con aeropuerto internacional. Para movernos en Marrakech y sus alrededores disponemos de trenes, autobuses de línea, coches de alquiler o lo mejor y más barato: autobuses o taxís compartidos con otras personas (lo ideal es que sean nuestros compañeros de viaje). Los taxís privados, previo regateo con el taxista puede ser también una buena opción para conocer los principales lugares de la ciudad.

La moneda local es el dirham (DH), que no es convertible fuera de Marruecos y cuya exportación está prohibida. Practicamente no se paga ningún tipo de producto en moneda extranjera. El dirham está dividido en 100 céntimos y existen billetes de 10, 50, 100 y 200 DH y monedas de 1 y 5 DH y de 5, 10, 20, y 50 céntimos.