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Carolina Hernández 14 mayo 2018

El 16 de julio de 1212, en las inmediaciones de la actual población de Santa Elena (Jaén), tuvo lugar una batalla que cambió la historia de la Reconquista en España: la batalla de Las Navas de Tolosa. El ejército cristiano, unos doce mil hombres, formado por tropas de los reyes de Castilla (Alfonso VIII), Navarra (Sancho VII) y Aragón (Pedro II) se enfrentó a un enemigo de mayor número (unos veinte mil) aunque menos preparación: las tropas del califa almohade Muhammad An-Nasir. El Museo, con gran rigurosidad, trata de discernir entre el mito y la realidad. La batalla tuvo enorme repercusión propagandística en la Edad Media y hoy en día sigue siendo recordada.

El resultado todos lo conocemos con más o menor profundidad. Los orígenes de la batalla de las Navas de Tolosa quizá menos y sobre todo hay una carencia generalizada en el conocimiento de la manera de pensar y vivir de aquel siglo XIII, quiénes fueron los protagonistas de la batalla, cuáles sus miedos y en definitiva, cómo pudo llegarse a tal batalla campal, hecho insólito para aquella época. Para resolver todas estas dudas y como homenaje a la batalla no en sí misma sino a los hombres e ideales que allí lucharon contamos con el fascinante Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa, un lugar enclavado en el mismo entorno de la batalla, lleno de información, ocio y hasta aventura.

En el siglo XIII Castilla era un reino feudal que poseía una economía eminentemente rural y unas enormes dificultades administrativas. Por contra, el califato almohade era un imperio tan próspero como complejo. En definitiva, dos mundos muy distintos que se enfrentarían un día de julio de 1212.

La historia de la Batalla de las Navas de Tolosa

Aprendemos en el Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa que la batalla fue el resultado final de lo que comenzó con una cruzada solicitada por el rey Alfonso VIII al Papa Inocencio III. Fue muy importante la intervención ante el papado del arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada, personaje tan desconocido como importante en la historia de España.

¿Por qué esta cruzada? A lo largo de los paneles informativos y telas expositores conocemos que desde mediados del siglo XII el imperio almohade dominaba Al-Ándalus (todo el sur de la actual península ibérica, desde Toledo aproximadamente). Al norte, Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón.

Cuando el rey de Castilla pierde la batalla de Alarcos en 1195, los almohades están en disposición de atacar el corazón del reino castellano: Toledo. Dicen las crónicas que Alfonso VIII nunca se llegó a recuperar de tan dura derrota y que penó el resto de sus días intentado aprovechar una oportunidad para tomar la revancha. Oportunidad que se le presentó allá por 1211 cuando tuvo noticia de la preparación de una nueva ofensiva almohade, una yihad en toda regla. Entonces, Alfonso, hábil negociador y en posesión de una fuerza interior única, logró diferentes alianzas con la mayoría de los reinos cristianos peninsulares (salvo León y Portugal). En ese mismo año, finaliza la tregua con los almohades y Alfonso consigue la mediación del Papa para convocar una cruzada en respuesta a la yihad musulmana.

El Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa muestra con toda su crudeza las dos vertientes del mismo drama, las dos caras de la misma moneda. Podremos  comprobar cómo se hacía la llamada a la guerra santa desde las iglesias los domingos o las mezquitas los viernes (el Museo expone audios de los mensajes que helarán nuestras venas), quiénes fueron los “voluntarios”, carne de cañón en ambas vanguardias, muriendo “felices” por reunirse con su Dios… sin duda, un lugar ejemplar para que los más jóvenes aprendan que una guerra nunca es la solución a un conflicto y que detrás de todas y cada una de ellas hay mucho sufrimiento.

Un paseo por el Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa

En la estancia principal del Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa, además de contemplar los utensilios, ropajes y armas de la época, podemos imaginar con las explicaciones pertinentes cómo transcurrió la batalla. Las tropas castellanas compuestas por Alfonso VIII y sus milicias abanderadas por Diego López II de Haro; Sancho VII de Navarra, quien se incorporó a regañadientes y casi a última hora “convencido” por el arzobispo de Narbona; Pedro II de Aragón y sus fieros almogávares; y, como no, las órdenes militares de Santiago, Calatrava, San Lázaro, Temple y San Juan. Hemos dicho que Portugal no participó en la batalla y la verdad es que, aunque su rey Alfonso II no lo hizo, sí envió tropas. También Alfonso IX de León se vio obligado a no aprovechar la ausencia de su primo a fin de evitar la excomunión y dejó que mesnadas de su reino participaran incluso en la batalla.

Los ultramontanos (cruzados extranjeros que vinieron a España desde todas partes Europa al calor de la indulgencia prometida y seguramente con la promesa de un botín asegurado) eran expertos en guerras contra el “infiel” por su presencia en Tierra Santa y Alfonso VIII no puso objeción a su presencia, aunque siempre receló de ellos. Por eso, a la mínima oportunidad (la masacre en Malagón y la posterior negativa del rey a que hicieran lo mismo en el asedio y conquista de la fortaleza de Calatrava), no se sabe bien si por propia voluntad o forzados, los ultramontanos abandonaron el camino a la batalla antes de que esta tuviera lugar. Tres obispos de las ciudades francesas de Narbona, Burdeos y Nantes sí que estuvieron presentes.

Las fuerzas musulmanas convocadas por An-Nasir llegaron a la batalla más descansadas. Hay que entender que los cristianos partieron desde Toledo hacia territorio enemigo. Y en ese camino encontraron todo tipo de penalidades y carencias. Miramamolín (como era conocido para los cristianos) estaba en su territorio y su llegada a la batalla, por tanto, no tuvo apenas peligros.

En el Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa “veremos” la batalla, imaginamos la caballería almohade, los arqueros a caballo turcos (temibles agzaz) y, cómo no, la llamada Guardia Negra personal del califa (imesebelen). No se tiene claro hoy en día si en verdad estaban anclados al suelo a través de gruesas cadenas o esas cadenas formaban parte de la tienda del califa. Esas cadenas que, junto con la enorme esmeralda que adornaba el Corán de An-Nasir, formarían parte del escudo de Navarra cuando Sancho VII llegó hasta ella en la “carga de los tres Reyes” (¿otra leyenda?).

Viendo las lanzas cristianas, sus monturas, yelmos y corazas… expuestas de manera elegante y bien explicada en el Museo nos daremos cuenta de cómo de cruenta tuvo que ser la carga inicial de la caballería cristiana frente a la vanguardia de los casi desarmados infantes musulmanes.

El desarrollo de la batalla en sí (un día entero) se explica a la perfección en el Museo  y no nos extenderemos más en este reportaje. Pues son muchos los detalles documentados con más o menos imaginación por los cronistas de la época que tenemos a nuestro alcance en el Museo. Cronistas como el propio arzobispo de Toledo. Hoy sabemos que los cristianos, en menor número fueron más inteligentes, los musulmanes inexpertos electores de un terreno poco favorable para sus intereses y, sobre todo, la batalla se decantó por el arrojo final de Alfonso VIII y sus compañeros para arrasar monte arriba (justo donde se encuentra el museo) con todo a su paso hasta llegar a la empalizada de An-Nasir, quien huyó hacia Jaén dejando un gran botín de guerra.

Las consecuencias de la batalla no fueron el fin a la hegemonía musulmana en la península ibérica aunque sí es verdad que la Reconquista tomó un impulso definitivo pero con otros personajes. Baste decir que territorios “conquistados” tras las Navas (como Baeza) volvieron a manos almohades poco tiempo después. Pues una hambruna brutal, quizá peste, debilitó a los vencedores (recordemos en terreno enemigo) hasta diezmarlos a la nada y dejar el avance hacia el sur en una quimera inabordable. Los almohades quedaron muy tocados tras la batalla, eso sí es verdad, y nunca recuperaron su esplendor, pero más por guerras intestinas que por el empuje cristiano.

El final de nuestros personajes tampoco fue ideal y apenas disfrutaron de la gran victoria o penaron su derrota. Alfonso VIII murió dos años después, ya en paz consigo mismo. Pedro II de Aragón apenas un año después, en 1213, ayudando a sus vasallos cátaros en la batalla de Muret. En ese mismo año moriría An-Nasir (probablemente envenenado). Inocencio III murió también repentinamente en 1216 (sorprendentemente para la época su papado duró nada más y nada menos que 18 años). El más longevo de todos, Sancho VII de Navarra murió en 1234. Por último, Ximénez de Rada, moriría en 1247.

El Museo dispone de un servicio de visitas guiadas por la exposición. La visitas son comentadas por intérpretes, expertos en la Batalla de las Navas de Tolosa. Una opción muy recomendable así como conocer in situ el lugar donde se desarrolló la batalla. Partiendo desde las instalaciones del centro, llegaremos a la “Mesa del Rey” (el campamento cristiano) recorriendo nueve kilómetros entre fauna, flora e historia. Asimismo el Museo cuenta con un programa de visitas dirigido especialmente a escolares. Para los más pequeños hay actividades como talleres de tiro con arco, entre otras sorpresas. Tienda, Cafetería, Sala de conferencias y merendero nos esperan para adornar una visita inolvidable.

Cómo llegar

El Museo se ubica en el término de Santa Elena, comienzo del paso de Despeñaperros y del Parque Natural, tenemos que tomar la salida del km. 257 de la A4 (siguiendo dirección Carretera de Miranda del Rey, cruzando el puente de la autovía). El desvío, muy cerca, se encuentra a nuestra izquierda.

Más información
MUSEO DE LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA
Autovía Bailén-Madrid, salida 257. Ctra de Miranda del Rey. Santa Elena, Jaén.
E-mail: info@museobatallanavas.es
Teléfono: 625235404 / 953104435
Web: http://www.museobatallanavas.es