La Catedral de Salamanca no se impone solo por su tamaño ni por la complejidad de sus formas, sino por la forma en que resume la historia de una ciudad que durante siglos fue faro intelectual y espiritual de Europa.
Situada en el corazón del casco histórico, muy cerca del río Tormes y del eje universitario, la catedral forma parte inseparable del paisaje urbano salmantino. Su silueta domina la plaza Juan XXIII y se convierte en punto de referencia constante para quien recorre la ciudad, como si la piedra dorada marcara el ritmo del tiempo.

Salamanca es una ciudad que se explica caminando. Sus calles conducen inevitablemente a la Universidad, a los colegios mayores, a conventos y palacios donde la fe, el saber y el poder civil se entrelazaron durante siglos. En ese entramado, la catedral no es un elemento aislado, sino un núcleo vital. Al atardecer, cuando la piedra de Villamayor adquiere tonos cálidos y casi dorados, el conjunto catedralicio parece cobrar vida propia, reforzando esa sensación tan característica de Salamanca: la de una ciudad detenida en el tiempo, pero profundamente viva.

Hablar de la Catedral de Salamanca es hablar de dos catedrales unidas. La Catedral Vieja y la Catedral Nueva no se suceden en el espacio, sino que conviven, se tocan y se explican mutuamente.
Esta convivencia, excepcional en Europa, permite recorrer casi nueve siglos de historia del arte y de la espiritualidad cristiana en un solo conjunto monumental.
La Catedral Vieja: el alma medieval de Salamanca
La Catedral Vieja de Salamanca comenzó a construirse a mediados del siglo XII, tras la restauración de la diócesis de Salamanca, bajo el impulso del obispo Jerónimo de Périgord y con el apoyo de la monarquía leonesa, especialmente del rey Alfonso VI y Raimundo de Borgoña. Este templo, dedicado a Santa María de la Sede, se proyectó como una construcción románica con transición al gótico, visible en sus bóvedas de crucería y en la combinación de pilares macizos con arcos apuntados. Su planta es basilical de cruz latina con tres naves y tres ábsides semicirculares, y su construcción también reflejó un carácter defensivo, adaptado a la situación fronteriza de la ciudad en aquel momento.
La obra se prolongó durante más de un siglo, concluyéndose hacia 1236, y contó con la dirección de varios maestros de obra medievales, entre ellos Florín de Pituenga, Casandro Romano, Álvar García o Pedro de la Obra, quienes imprimieron a la catedral una combinación de estilos que evidencia la transición entre el románico y el gótico. A lo largo de los años, la Catedral Vieja se convirtió en un símbolo religioso y cultural de Salamanca, integrándose en la vida universitaria y en la actividad social de la ciudad, dejando un legado histórico visible en su arquitectura, frescos y elementos decorativos. El espacio es más íntimo que el de la Catedral Nueva, con naves de menor altura y una atmósfera que invita al silencio. Aquí, la espiritualidad se expresa a través de la sobriedad, sin grandes alardes formales, pero con una enorme fuerza simbólica.
Uno de los elementos más destacados de la Catedral Vieja es su cimborrio, conocido como la Torre del Gallo. Esta cúpula sobre trompas, decorada exteriormente con escamas de piedra, se alza sobre el crucero como una solución arquitectónica audaz para su tiempo. En el interior, la luz que entra por sus ventanales crea un efecto casi místico, reforzando el carácter trascendente del espacio. Este cimborrio es una de las grandes joyas del románico español y uno de los símbolos más reconocibles del conjunto.
El gran tesoro artístico de la Catedral Vieja es su retablo mayor, realizado en el siglo XV por los hermanos Delli. Se trata de un conjunto pictórico excepcional que narra escenas de la vida de Cristo y de la Virgen con un lenguaje claro y directo. En una época en la que la mayoría de la población no sabía leer, este retablo funcionaba como una auténtica Biblia visual. Los colores, las expresiones de los personajes y la organización de las escenas convierten esta obra en una pieza clave del arte medieval hispano.

Junto al retablo, la Catedral Vieja conserva capillas de enorme valor histórico, como la Capilla de San Martín, también conocida como Capilla del Aceite, donde se mantienen restos de pintura mural gótica. Estas pinturas representan escenas como el Juicio Final o la figura de San Martín partiendo su capa, y permiten comprender cómo el arte servía como herramienta de enseñanza religiosa. La Catedral Vieja no es solo un vestigio del pasado: es el alma medieval de Salamanca, un espacio donde el tiempo parece haberse detenido.

Entre los elementos funerarios más destacados se encuentra el sepulcro doble de Gutierre de Monroy y su esposa Constanza de Anaya, una obra que refleja el ideal nobiliario del tránsito a la eternidad. Tallado con gran cuidado, el monumento presenta a los esposos yacentes, representados con serenidad, siguiendo la tradición funeraria tardo medieval que buscaba transmitir paz y esperanza en la vida eterna.
Gutierre de Monroy fue un personaje destacado de la nobleza castellana del siglo XV, estrechamente vinculado a Salamanca. Pertenecía a un linaje noble con influencia en Castilla y mantuvo una relación directa con el cabildo catedralicio, lo que explica su enterramiento en un lugar tan relevante del conjunto catedralicio. En una época en la que la proximidad a los espacios sagrados era un símbolo de poder, fe y memoria, Gutierre de Monroy representó ese modelo de noble cristiano que buscaba asegurar su legado espiritual y social a través de fundaciones y patronazgos religiosos.
A través de su mecenazgo, la nobleza local contribuyó a transformar el templo en un lugar donde espiritualidad, poder y arte se entrelazaban, dejando huellas visibles que aún hoy forman parte del recorrido monumental del conjunto catedralicio.

La Catedral Nueva: un espacio que impresiona
La construcción de la Catedral Nueva comenzó en 1513, cuando Salamanca vivía uno de sus momentos de mayor esplendor gracias a su universidad. El templo románico resultaba ya insuficiente para una ciudad que aspiraba a reflejar su poder y prestigio. En lugar de derribar la catedral antigua, se decidió integrarlas, creando un conjunto único donde la Vieja continuó funcionando como templo auxiliar y custodiando su legado artístico e histórico. Durante más de dos siglos, maestros canteros, arquitectos y artesanos trabajaron en una obra colosal que fue adaptándose a los cambios estéticos de cada época. El resultado es un edificio que combina gótico tardío, elementos renacentistas y aportaciones barrocas, sin perder coherencia.
Al entrar en la Catedral Nueva, el visitante se enfrenta a un espacio concebido para impresionar. Las naves son altas, los pilares robustos y la luz entra de forma controlada a través de las vidrieras, creando una atmósfera solemne y cambiante. El interior no abruma por la acumulación de ornamentos, sino por la sensación de grandeza que transmite el conjunto. Todo está pensado para elevar la mirada y, con ella, el pensamiento.

A lo largo de las naves se suceden las capillas laterales, cada una con identidad propia y vinculada a una advocación concreta. La Capilla de Santiago y Santa Teresa une dos figuras clave de la espiritualidad española, mientras que la Capilla de San Antonio de Padua refleja la devoción popular hacia el santo franciscano. La presencia mariana se manifiesta en capillas como la de la Virgen del Pilar o la Virgen de la Cabeza, testimonio de distintas tradiciones devocionales profundamente arraigadas.
Especial relevancia tiene la Capilla de Nuestra Señora de los Dolores, donde se venera una conmovedora Piedad atribuida a Salvador Carmona, centro de devoción especialmente intensa desde el siglo XVIII. La Capilla del Cristo de las Batallas es uno de los espacios más venerados dentro de la Catedral Nueva de Salamanca, destacando por albergar la antigua imagen románica del Cristo de las Batallas, una talla que se remonta a la primera mitad del siglo XII y que se considera la más antigua de toda la diócesis salmantina. Según la tradición, esta imagen acompañó al obispo Jerónimo, el primer obispo de Salamanca tras la repoblación de la ciudad, en las campañas militares en las que participó junto a figuras legendarias como El Cid durante la lucha contra los musulmanes, lo que explica el nombre de “de las Batallas”. El retablo barroco que acoge al crucificado fue realizado por Alberto de Churriguera y donado en 1734 por el obispo José Sancho Granado, integrando así arte sacro barroco con un símbolo profundamente arraigado en la historia y devoción local.

Más allá de su valor artístico, la capilla ha sido un lugar de devoción continua a lo largo de los siglos, conservando la memoria de tradiciones y creencias que conectan la fe cristiana con la identidad histórica de Salamanca. La imagen original del Cristo, restaurada recientemente y custodiada con especial cuidado, se considera una reliquia del pasado medieval de la ciudad, mientras que en la capilla sigue latiendo la presencia espiritual que ha acompañado a generaciones de fieles. Entre sus muros también se encuentra el sepulcro del propio obispo Jerónimo y otras obras de arte que enriquecen su significado dentro del conjunto catedralicio.
La Capilla Dorada, también conocida como Capilla de Todos los Santos, fue mandada construir en 1515 por el arcediano de Alba de Tormes, Francisco Sánchez de Palenzuela, poco después de iniciarse las obras del templo. Su diseño arquitectónico corresponde al maestro Juan de Álava, y desde sus comienzos la capilla tuvo un carácter distintivo dentro del conjunto catedralicio por su función funeraria y su extraordinaria decoración escultórica.
Lo que le da nombre y renombre a esta capilla es la profusa decoración dorada que recubre sus muros, con más de un centenar de esculturas policromadas y doradas que representan a santos, apóstoles, profetas, personajes bíblicos y figuras simbólicas del Antiguo y Nuevo Testamento. Entre estas figuras destacan, por su realismo y simbolismo, las esculturas de Adán y Eva y la representación de la Muerte con un sapo, señal del mensaje teológico de la transitoriedad de la vida. El retablo está presidido por un impresionante Calvario con fondo pintado por Adiosdado de Olivares, y bajo él se observa un altar con azulejos de Talavera, lo que convierte a la Capilla Dorada en un espacio a la vez contemplativo, artístico y teológicamente cargado.

El coro, situado en posición central, es otro de los elementos esenciales del interior. Tallado en madera con gran riqueza de detalles, no solo cumplía una función litúrgica, sino que representaba el orden y la jerarquía del cabildo catedralicio. Desde aquí se desarrollaban los oficios, y su ubicación subraya la importancia del canto y de la música en la liturgia.

El coro de la Catedral Nueva es uno de los espacios más solemnes del templo, concebido como centro de la vida litúrgica capitular. En él se ubica el Órgano de la Epístola, una pieza fundamental tanto desde el punto de vista musical como artístico. Este instrumento, integrado en la arquitectura del coro, no solo acompañaba los oficios religiosos, sino que contribuía a crear una experiencia sensorial completa, donde sonido y espacio se fundían.
El Órgano de la Epístola destaca por su presencia visual y por la riqueza de su decoración, acorde con la importancia que la música sacra tenía en la catedral. Su ubicación estratégica permitía que el sonido se propagara por las naves, envolviendo al fiel y reforzando el carácter ceremonial de la liturgia. Hoy, sigue siendo testimonio del papel central que la música desempeñó en la vida espiritual y cultural de Salamanca.

La Capilla Mayor culmina el recorrido por la Catedral Nueva. Su amplitud y su disposición refuerzan el carácter ceremonial del espacio. Aquí se concentran las grandes celebraciones y se custodian reliquias de especial importancia para Salamanca, vinculadas a figuras profundamente veneradas en la ciudad. Es un espacio que resume el espíritu del templo: monumental, solemne y profundamente simbólico.

Entre la Catedral Vieja y la Nueva se extiende el claustro, un espacio de transición que invita al recogimiento. Reconstruido tras los daños causados por el terremoto de Lisboa de 1755, el claustro conserva un ambiente sereno, alejado del bullicio urbano. Sus galerías fueron durante siglos lugar de paso, de reflexión y de estudio para el cabildo, y hoy permiten comprender la vida cotidiana que se desarrollaba en torno a la catedral.
Desde el claustro se accede a las Salas Capitulares, espacios que revelan una faceta menos conocida pero fundamental del conjunto catedralicio. Estas salas no estaban destinadas al culto, sino al gobierno. Aquí se reunía el cabildo para tomar decisiones administrativas, económicas y religiosas que afectaban directamente a la vida de Salamanca. Su arquitectura, sobria y proporcionada, responde a esa función práctica, pero no renuncia al valor artístico.
Hoy, las Salas Capitulares albergan una exposición permanente de arte sacro, convirtiéndose en una auténtica pinacoteca catedralicia. El visitante puede recorrer una colección que abarca varios siglos de historia del arte, con retablos, tablas pintadas, esculturas y lienzos de gran valor. Estas obras permiten seguir la evolución del arte religioso desde el gótico hasta épocas más modernas, y contextualizan el papel de la catedral como centro cultural además de espiritual.

Entre las piezas más destacadas se encuentran retablos hispano-flamencos, tablas renacentistas y esculturas medievales que originalmente formaron parte de capillas hoy transformadas. El conjunto se completa con un artesonado mudéjar que cubre una de las salas, aportando un diálogo inesperado entre tradiciones artísticas cristianas e islámicas. Las Salas Capitulares no son un añadido secundario: son una clave esencial para comprender la historia institucional y artística de la catedral.
Dónde comer y dónde alojarse en Salamanca
La visita a la Catedral de Salamanca se completa, inevitablemente, con la gastronomía salmantina, profundamente ligada a la tradición castellana. El jamón ibérico, el hornazo, la chanfaina, el farinato, el tostón o cochinillo forman parte de una cocina contundente y honesta, pensada para compartir. Entre los dulces, destacamos el bollo maimón y las perrunillas. Es propio de la cultura salmantina las rutas por los bares donde poder degustar tapas de primer nivel, destacando los bares de la Plaza Mayor y alrededores.
Durante nuestra estancia en Salamanca, el alojamiento en Inés Luna Suites permitió disfrutar de la ciudad desde una perspectiva tranquila y cercana. Su ubicación, próxima al casco histórico, facilitó recorrer la ciudad a pie y regresar al final del día a un espacio cómodo y cuidado. Alojarse aquí refuerza la sensación de vivir Salamanca desde dentro, integrándose en su ritmo y en su atmósfera.
