En 564 d.C., alguien grabó en piedra la fecha más antigua documentada en Tulum. La estela —designada por los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) como Estela 1— lleva siglos en el mismo acantilado desde el que los navegantes mayas orientaban sus canoas en el mar Caribe. Aquella inscripción convierte a Tulum en algo que su imagen de resort tropical raramente sugiere: un asentamiento con casi quince siglos de historia documentada, situado en el extremo oriental del estado de Quintana Roo, a unos 130 kilómetros al sur de Cancún, donde la costa de la Riviera Maya se estrecha entre la selva y el segundo arrecife de coral más extenso del mundo.
El municipio de Tulum tiene hoy dos caras difíciles de conciliar. Por un lado, la zona arqueológica administrada por el INAH dentro del Parque Nacional Tulum, cuyas 664 hectáreas constituyen la única área natural protegida terrestre del corredor Cancún-Tulum. Por otro, una ciudad que en la última década multiplicó su oferta hotelera y su población flotante a un ritmo que las infraestructuras no pudieron absorber, y que en 2025 afronta las consecuencias de ese crecimiento mal regulado.
Con más de quince siglos de historia documentada y una reserva de la biosfera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Tulum ofrece una de las superposiciones más densas de patrimonio arqueológico, natural y cultural del Caribe mexicano.
De ciudad portuaria maya a tercer sitio arqueológico más visitado de México
Los edificios visibles en la zona arqueológica pertenecen al Posclásico Medio y Tardío, entre aproximadamente 1250 y 1550, aunque la presencia de la Estela 1 y de algunos elementos del Clásico Terminal sugiere que el asentamiento precedió a esas fechas. El INAH sitúa el desarrollo más intenso de la arquitectura tulumnense a partir del año 1400, cuando el estilo denominado «Costa Oriental» —caracterizado por templos en miniatura, muros intencionalmente inclinados y adoratorios dentro de adoratorios— alcanzó su madurez constructiva.

Los mayas conocían la ciudad como Zamá, voz que en su lengua significa «mañana» o «amanecer», en referencia directa a su orientación hacia el Caribe. El topónimo Tulum, que se traduce como «muralla» o «palizada», es posterior y alude a la estructura defensiva que delimita el conjunto principal por tres lados: norte, sur y oeste. El cuarto lado lo protege el propio mar. En 1518, el cronista español Juan Díaz, integrante de la expedición de Juan de Grijalva, describió el asentamiento desde la distancia como «una ciudad tan grande como Sevilla», con una torre que sin duda identificaba El Castillo. Fue uno de los primeros testimonios escritos de una ciudad maya por parte de los europeos.
Tras el colapso del comercio prehispánico y la presión colonial, el emplazamiento quedó abandonado en el siglo XVI, aunque comunidades mayas vecinas continuaron visitándolo para depositar ofrendas hasta bien entrado el siglo XX. La exploración arqueológica sistemática comenzó en el siglo XIX con las expediciones de John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood, cuyos grabados difundieron las ruinas por primera vez ante el público occidental. Desde entonces, el sitio ha sido objeto de campañas arqueológicas continuas bajo supervisión del INAH, que en la actualidad gestiona tanto la conservación del conjunto como el flujo de visitantes.
El Castillo, la muralla y el Dios Descendente: qué ver en la zona arqueológica
La zona arqueológica de Tulum es, según los datos del INAH, el tercer sitio arqueológico más visitado de México, por detrás de Teotihuacán y Chichén Itzá. Esa popularidad tiene consecuencias directas en la experiencia: durante la temporada alta —de diciembre a abril— las ruinas pueden resultar masificadas en las horas centrales del día. Llegar antes de las nueve de la mañana mejora sustancialmente la visita.

El recorrido interior sigue una lógica espacial clara. Nada más franquear uno de los cinco accesos de la muralla —que mide aproximadamente 400 metros de longitud y alcanza hasta 5 metros de altura en algunos tramos—, se suceden varios edificios de tipo palacio a lo largo de la llamada calle principal. El conjunto no es extenso: la mayor parte de los visitantes lo recorre en hora y media, aunque quienes dedican tiempo a leer los paneles interpretativos del INAH encuentran contexto suficiente para extender la visita sin forzar el ritmo.
El Castillo es la estructura más alta del recinto y la que mejor articula la función doble de Tulum: ciudad portuaria y centro ceremonial. Construido sobre el borde del acantilado, su posición —verificada por la arqueóloga Pilar Luna, especialista en arqueología marina del INAH— permitía a los navegantes mayas orientarse en la costa y sortear los peligros del arrecife. En la fachada se conservan dos mascarones zoomorfos en las esquinas superiores y tres accesos ornamentados con columnas de forma serpentina. Frente al Castillo, una plataforma para danzas evidencia el uso ritual del espacio central.

El Templo del Dios Descendente alberga uno de los elementos iconográficos más singulares del sitio: una figura en relieve que representa a una deidad descendiendo de cabeza, asociada por los investigadores con el sol poniente, la fertilidad o las abejas —producto de gran valor en la economía maya—. La orientación del templo hacia el oeste, a diferencia de la mayoría de las estructuras mayas que miran al este, ha generado diversas hipótesis sobre su significado astronómico.

El Templo de la Serie Inicial recibe su nombre precisamente de la Estela 1, que contiene la fecha más temprana documentada en Tulum. Se ubica al suroeste del conjunto y su escala modesta contrasta con su importancia arqueológica: es, literalmente, el punto desde el que se puede fechar la historia del lugar.
Al pie del acantilado, accesible por una escalinata de madera, se abre la Playa Ruinas, una pequeña ensenada donde es posible bañarse con las estructuras mayas al fondo. Es el único sitio arqueológico de México donde se puede nadar junto a las ruinas, lo que explica parte de su atractivo fotográfico y también la concentración de visitantes en ese punto durante los meses de mayor afluencia.
Los cenotes: el sistema hídrico que sostiene la península
Bajo la superficie kárstica de la Riviera Maya discurre el sistema de ríos subterráneos más extenso del mundo: el sistema Sac Actun, con más de 370 kilómetros de cuevas interconectadas y al menos 85 cenotes, según los datos de los grupos de espeleología que lo cartografían. En ese sistema se han localizado restos humanos y fósiles con más de 10.000 años de antigüedad, lo que convierte la red subterránea en un archivo paleontológico y arqueológico de primer orden.
Para los mayas, los cenotes eran entradas al inframundo —el Xibalbá— y puntos de veneración ritual. Para el viajero contemporáneo, son la experiencia natural más característica de la zona: pozos de agua dulce, en ocasiones de decenas de metros de profundidad, con formaciones de estalactitas y una claridad del agua que varía según el cenote y la época del año.
En el entorno de Tulum destacan varios. El cenote Gran Cenote, a unos 4 kilómetros del centro de la ciudad, es uno de los mejor acondicionados para la visita con snorkel y permite ver columnas de luz filtrándose a través de la cueva semiabierta. El cenote Dos Ojos funciona como punto de entrada a cuevas subterráneas y atrae a buceadores con certificación técnica, aunque también tiene zonas accesibles para snorkel. El cenote Calavera ofrece tres accesos distintos al agua y se visita con menos afluencia que los anteriores.

Conviene señalar un elemento de contexto que el visitante debe conocer: el desarrollo inmobiliario acelerado de los últimos años ha generado presión sobre el acuífero subterráneo. La organización ambiental Sélvame MX ha alertado públicamente sobre los riesgos de contaminación del Gran Acuífero Maya por parte de obras de infraestructura en zonas kársticas de alta sensibilidad. El uso de protector solar biodegradable no es solo una recomendación: en muchos cenotes es obligatorio por razones de conservación.
Sian Ka’an: la reserva que Tulum tiene al sur
A unos 20 kilómetros al sur del centro de Tulum, siguiendo la carretera que bordea la zona hotelera, comienza la Reserva de la Biosfera Sian Ka’an, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987. El nombre, en maya, significa «lugar donde nace el cielo». Con una superficie de aproximadamente 528.000 hectáreas, es la mayor área protegida del Caribe mexicano y abarca selva tropical, manglares, lagunas costeras, playas vírgenes y arrecifes de coral.
La reserva alberga más de 300 especies de aves, más de 1.000 especies de plantas y sistemas de canales mayas que los visitantes pueden recorrer en embarcación. Su acceso sin vehículo propio o tour organizado es complicado: la pista de tierra que lleva a Punta Allen, el principal núcleo pesquero dentro de la reserva, tiene 43 kilómetros de firme irregular.
Dentro de la reserva se encuentran también las ruinas mayas de Muyil, a unos 23 kilómetros al sur de Tulum, con acceso más sencillo que otros puntos de la biosfera y rodeadas de lagunas de agua turquesa en plena selva. La gestión de la reserva corresponde a la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), que administra los accesos y establece las normas de visita.
El Parque Nacional Jaguar: la apuesta reciente por la sostenibilidad
En 2024, el gobierno mexicano inauguró el Parque Nacional Jaguar junto a la zona arqueológica de Tulum, como parte de un proyecto de ordenación que busca separar el flujo de visitantes del sitio histórico de la presión del desarrollo urbano circundante. El parque integra áreas naturales, senderos y el acceso al recinto arqueológico dentro de un concepto de gestión más estructurado.
La iniciativa responde, al menos en parte, a las críticas acumuladas sobre el crecimiento desordenado de Tulum. El Parque Nacional Tulum —la única área natural protegida terrestre del corredor Cancún-Tulum, con sus 664 hectáreas originales— llevaba años soportando una presión urbanística que los organismos ambientales mexicanos señalaban como incompatible con los compromisos de conservación.
Tulum frente al espejo: el destino en crisis y el plan de reordenamiento
Ningún reportaje sobre Tulum en 2025 puede eludir lo que los datos evidencian. Según el Sistema de Información Turística de Quintana Roo, la ocupación hotelera cayó por debajo del 50 % durante varios meses de 2025, cuando en años anteriores superaba el 66 % en temporada baja. Los vuelos nacionales al aeropuerto de Tulum registraron descensos superiores al 20 %. Comerciantes de la zona arqueológica declararon a varios medios locales que el verano de 2025 fue peor que durante la pandemia.

Las causas son múltiples y bien documentadas. El sargazo cubrió las playas durante meses, generando malos olores y aguas turbias que alejaron al turista de playa. La especulación inmobiliaria acelerada no fue acompañada de inversión en infraestructura básica: el suministro de agua potable y el saneamiento mostraron deficiencias graves. Los precios alcanzaron niveles que el turismo nacional —históricamente el que sostenía los períodos de baja demanda internacional— no encontró justificados. Un incidente de seguridad en marzo de 2025, cuando fue asesinado el titular de la Secretaría de Seguridad Pública municipal, amplificó la percepción de riesgo.
A finales de 2025, gobiernos local, estatal y federal pusieron en marcha el programa Tulum Reborn: Fairer, Safer and More Sustainable, con 128 acciones orientadas a reordenar el destino, mejorar la infraestructura y frenar la expansión descontrolada. Los resultados de esa hoja de ruta, en el momento de elaboración de este reportaje, están aún por verse.
Para el visitante que planifica su viaje, este contexto no cancela la experiencia —la zona arqueológica, los cenotes y la reserva de Sian Ka’an siguen siendo lo que son—, pero sí obliga a gestionar expectativas: Tulum es una pregunta con respuesta sólida; Tulum cómo encontrarlo en su mejor versión requiere planificación, temporada adecuada y disposición a alejarse de la zona hotelera más saturada.
Cocina yucateca y nuevas cocinas: la gastronomía de Tulum
La base culinaria de Tulum es la cocina maya-yucateca, transmitida a través de técnicas que utilizan el fuego, las hierbas de la selva y los productos del Caribe. El cochinita pibil —cerdo marinado en achiote y jugo de naranja agria, cocinado bajo tierra en un horno de piedra llamado pib— es el plato de referencia de la península. Se sirve en tacos, panuchos o tortas, y es el desayuno habitual en los mercados del pueblo.
Los panuchos y salbutes son otras preparaciones locales imprescindibles: tortillas de maíz fritas rellenas de frijol o pollo, cubiertas con cebolla encurtida, aguacate y habanero. El chile habanero, originario de la Yucatán, aparece en casi todas las salsas regionales y define el umbral de picante de la cocina local: es intenso y aromático, y los paladares no familiarizados con él deben dosificarlo. La sopa de lima —caldo de pollo con lima agria, tortilla frita y cilantro— es otro clásico que encontrar en las cocinas económicas del pueblo.
Los mariscos y el pescado del Caribe tienen presencia constante en la carta: el ceviche de mero, el pulpo al mojo de ajo y el pescado tikin xic —marinado en achiote y cocinado sobre leña o en hoja de plátano— son preparaciones que vinculan la cocina de Tulum con el mar que la rodea.
En paralelo a esa cocina tradicional, Tulum ha desarrollado en los últimos años una escena gastronómica de alto nivel que ha atraído reconocimiento internacional. El restaurante Arca, con cocina de micro temporada elaborada por el chef José Luis Hinostroza a partir de productos de proveedores locales, entró en 2023 en la lista Latin America’s 50 Best Restaurants y figura en 2025 entre los 100 mejores restaurantes del mundo según la misma clasificación internacional. Su presencia en esa lista convierte a Tulum en un destino relevante para el viajero gastronómico, aunque la oferta de referencia internacional convive con precios que resultan desorbitados para el consumo cotidiano. Las taquerías y cocinas económicas del pueblo ofrecen la cara más accesible y auténtica de la gastronomía local, a una fracción del coste de la zona hotelera.
Datos de interés práctico
Cómo llegar a Tulum
El acceso aéreo principal sigue siendo el aeropuerto internacional de Cancún (CUN), con amplias conexiones internacionales y nacionales. Desde Cancún, la distancia a Tulum es de aproximadamente 130 kilómetros, que se cubren en unos 2 horas y media por carretera. Las opciones de transporte incluyen autobuses ADO con servicio regular directo desde la terminal de Cancún, traslados privados contratables desde el aeropuerto, y alquiler de vehículo. El aeropuerto internacional de Tulum (TQO), inaugurado en los últimos años, opera con un número aún limitado de conexiones directas y resulta conveniente si el vuelo está disponible desde el origen.
Desde Playa del Carmen, los autobuses ADO y los colectivos ofrecen servicio frecuente en un trayecto de aproximadamente una hora.
Dónde alojarse
Tulum tiene dos áreas de alojamiento claramente diferenciadas. El pueblo de Tulum (Tulum Centro) concentra la oferta más asequible, con hostales, posadas y hoteles de precio medio. Es la opción más práctica para quienes priorizan el acceso a mercados, restaurantes locales y transporte público. La zona hotelera —franja de carretera paralela a la playa que se extiende hacia la reserva de Sian Ka’an— alberga los complejos de turismo boutique y de lujo, algunos con acceso directo a playa, pero a precios sensiblemente más elevados y con menor conexión al tejido local.
Para perfil boutique, el Nomade Tulum mantiene una propuesta consolidada con énfasis en bienestar y espacios al aire libre en la zona hotelera. Para una estancia ecológica próxima a la reserva de Sian Ka’an, el Hotel Dos Ceibas Eco Retreat opera con energía solar y eólica y trabaja con los principios del ecoturismo. Se recomienda verificar disponibilidad y condiciones directamente con los establecimientos antes de reservar, dado el contexto de inestabilidad del sector en los últimos meses.
Dónde comer
En el pueblo, Arca (calle Centauro Sur, Tulum Centro) ofrece la experiencia gastronómica más reconocida internacionalmente del destino, con menú de degustación basado en productos locales de temporada. Para cocina tradicional yucateca a precios accesibles, las taquerías alrededor del mercado del pueblo sirven cochinita pibil y mariscos frescos a precios razonables. Hartwood, en la zona hotelera, trabaja exclusivamente con horno de leña y parrilla, y mantiene una filosofía de abastecimiento local y sostenible desde su apertura en 2015.
Cuándo ir
La temporada más favorable va de noviembre a abril, con menos lluvias, temperaturas entre 24 y 30 grados y menor presencia de sargazo. Los meses de julio a octubre corresponden a la temporada de lluvias y al período de mayor probabilidad de afectación por sargazo en las playas. Diciembre y enero son los meses de mayor afluencia, con precios al alza en la zona hotelera.
Una primera visita de cuatro a cinco días permite visitar la zona arqueológica, hacer una excursión a dos o tres cenotes y dedicar al menos un día a la reserva de Sian Ka’an. Quienes quieran combinar Tulum con Cobá —las ruinas mayas en la selva, a 45 kilómetros al noroeste— necesitan al menos un día adicional.
Información turística oficial
La gestión turística de Tulum corresponde al Consejo de Turismo del estado de Quintana Roo, con información en visitmexico.com (Secretaría de Turismo de México). La zona arqueológica está administrada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH): www.inah.gob.mx. La Reserva de la Biosfera Sian Ka’an depende de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP): conanp.gob.mx.
Tulum cuando la imagen ya no basta
El acantilado sobre el que se levanta El Castillo existía mucho antes de que Tulum se convirtiera en destino y seguirá existiendo cuando el ciclo turístico actual haya quedado atrás. Lo que el lugar tiene —una ciudad maya sobre el mar, un sistema de agua subterránea milenario, una de las mayores reservas protegidas del Caribe— no depende de las modas ni de las tendencias de reserva. Depende de cómo se gestione. El visitante que llega hoy a Tulum no encuentra el relato simple que el marketing turístico vendió durante años. Encuentra algo más interesante: un destino que afronta su propio espejo, con todas las contradicciones que eso implica, sobre uno de los acantilados más fotografiados del planeta.
Reportaje elaborado por el equipo editorial de Gulliveria a partir de fuentes documentales, información institucional y trabajo periodístico especializado. Los datos prácticos (horarios, precios, establecimientos) pueden variar. Para actualizaciones o colaboración editorial: info@gulliveria.com

